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Relato: La mantra de Sandra Nairbec

Seguimos recibiendo nuevas obras inéditas para hacer más llevadero el confinamiento. El relato que publicamos el día de hoy lleva por título La mantra. Escrito por Sandra Nairbec este texto nace de un crudo realismo para culminar en un imaginativo ejercicio de realismo mágico. Sin duda una original propuesta literaria.

Sandra organiza semanalmente un taller de escritura creativa en Guadalajara que lleva el nombre El Atelier además de ser cofundadora del Micro Abierto de Guadalajara ¡Dáteme poema! que se lleva a cabo los últimos jueves de cada mes en el Metrópoli Café, un punto obligatorio de reunión para amantes de la poesía.

 

 

La mantra

Al abrir las ventanas que daban al parque, el petricor de la lluvia que se desprendía de la tierra, las piedras, los bancos y el césped de aquel mes de septiembre ascendía y se colaba dentro de la casa por las ventanas del salón y de la cocina que Amelia había abierto tan afanosamente. Nunca había sido una gran madrugadora, pero últimamente eran esos los únicos momentos de paz que disfrutaba durante el día. Amelia caminaba descalza por el piso para no despertar a Sergio. Abría y cerraba las puertas de los estantes de la cocina con sumo cuidado. Echaba la leche despacio en el vaso, vertía el café soluble con la cuchara pequeña y removía lentamente, sin demasiada fuerza. Introducía el vaso en el microondas y un par de segundos antes de que sonara el pitido, abría la puerta y lo sacaba. La dejaba sin cerrar porque en el vacío del silencio, cualquier leve ruido sonaba como un eco infernal. Aquella mañana, cuando avanzaba con la taza caliente hace el salón para desayunar, una de las hervientes gotas del café tocó por sorpresa su mano. Amelia trastabilló y tiró el vaso entero al suelo que se rompió en mil pedazos con un ruido ensordecedor. Amelia frunció el entrecejo, apretó los puños y masculló para sí “mierda”. Unos instantes después, se desató la tormenta. Los insultos de Sergio se escuchaban desde el otro lado de la casa, sus pasos furiosos acercándose martilleaban el parquet de la misma manera que el pulso de Amelia palpitaba con fuerza en el interior de su sien, luchando por escapar de ese cuerpo. Sergio le abofeteó sin pensarlo y le recriminó todas las veces que le había pedido que no hiciera ruido por las mañanas porque eso hacía que se le quedara mal talante y un humor de perros durante todo el día. Se giró sobre sus talones y regresó a la cama.

Amelia, que se había quedado con la cara enrojecida y la culpa por el suelo, se recompuso como pudo. Por las ventanas del salón ya entraba la luz del sol. Cogió el ovillo y la aguja de ganchillo y se puso a tejer: formar un círculo, pasar la hebra y repetir; formar un círculo, pasar la hebra y repetir; formar un círculo, pasar la hebra y repetir. Amelia tejía una manta de lana al ritmo de ese mantra. Cada vez que Sergio le pegaba, cogía el ovillo; cuando le insultaba delante de sus amigas, cogía el ovillo; cuando volvía borracho a casa y abusaba de ella, cogía el ovillo; cuando le pedía perdón llorando, cogía el ovillo (con una media sonrisa); pero cuando cometía el más mínimo error y despertaba de nuevo su ira, cogía de nuevo el ovillo. Cuando se le terminaba el ovillo, simplemente añadía otro de un color diferente. Amelia vertía sus lágrimas en cada puntada, lloraba sus desengaños, zurcía su culpa, remendaba su vergüenza y volvía a empezar. Aquella manta de lana de ganchillo le reconfortaba. No podía controlar el temperamento de Sergio, ni los comentarios de las vecinas, no podía disimular los moratones, ni hacer las paces con su padre, pero lo que tenía entre las manos, aquella aguja de madera que le regaló su abuela el día que le acompañó a la mercería, eso sí que podía controlarlo. Ella era el ama y señora de esa manta de lágrimas y mantra de desgracias. En ocasiones solía decirme: yo creo que esta lana no va a abrigar mucho. Siempre está húmeda. He llegado a dejar la manta encima del radiador por la noche, pero nunca se seca. Cuando sostengo la hebra entre mis dedos siento su calor, pero a medida que avanzo se enfría y humedece. Si metes la mano dentro y esperas, al cabo de un rato la sacas mojada.

Los días y las semanas avanzaron rápido y el otoño dejó paso al invierno. Amelia ya no abría las ventanas para dejar entrar el petricor por miedo a resfriarse. Era lunes por la noche, Amelia se asomó a las cuerdas de tender para ir recogiendo la ropa cuando la vecina del tercero B se asomó al otro lado. Charlaron un rato. Aquella mujer siempre andaba contado historias disparatadas sobre su marido y sus hijos y aunque Amelia se concentraba en permanecer seria, siempre acababa arrancándole alguna carcajada. Cuando cerró las ventanas, bajó las persianas, corrió las cortinas y giró sobre sí misma se encontró la figura sombría de Sergio en el quicio de la puerta de la habitación. Daba igual cuál fuera el motivo de la risa, Sergio no soportaba que se riera con nadie. Le asestó una fuerte patada en el estómago y le dijo que se iba a dormir sin cenar. Amelia, con resignación se sentó en el salón y se puso a tejer. Los pensamientos giraban en bucle a toda velocidad en su cabeza. El retraso en el periodo, la discusión con Sergio, los moratones en el estómago, la sangre… Tanto y tan rápido tejió que cuando se quiso dar cuenta, no había más ovillos que tejer. Se quedó hecha un ovillo en el sofá y las lágrimas le dejaron surcos invisibles en las mejillas. Sergio se despertó a mitad de la noche con un frío espasmódico. Nunca había tenido tanto frío. Fue al salón y encontró la manta, cuidadosamente doblaba sobre la mesa. “Perfecto”, pensó. Tomó lo manta entre sus brazos, se la llevó a la habitación, se metió en la cama de nuevo y se cubrió con ella.

Lo sintió nada más cerrar los ojos: la pena, la culpa, la vergüenza, el dolor, el desasosiego, la desesperanza que Amelia había ido tejiendo en cada puntada se amontonaba en su garganta y se hacía una bola cada vez más grande que subía y bajaba, giraba en remolinos y rompía con fuerza como las olas del mar en los salientes rocosos de la playa. Sergio luchaba por tragarse esa bola de agua salada, por encontrar el más mínimo resquicio para respirar, pero la angustia remontaba desde su estómago como si alguien hubiera lanzado una caña de pescar con un gran anzuelo anudado al final del sedal y Sergio hubiera picado y ahora recogiera el cable furiosamente. Quiso introducirse las manos en las garganta para vomitar aquella bola de líquidos males pero sus manos habían pasado tantas horas bajo la húmeda manta que también se habían convertido en agua. Sergio sufrió la peor de las suertes: murió ahogado por su propio frío bajo el mantra de lamentos había originado, bajo la manta de desgracias que tan afanosamente había ayudado a tejer.

 

 

Modificado por última vez enViernes, 17 Abril 2020 09:08

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1 comentario

  • Norma
    Norma Viernes, 17 Abril 2020 10:06 Enlace al Comentario

    Genial me ha encantó, gracias Sandra hermoso. Esperamos seguir leyendo tus relatos, genial.

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